miércoles, 12 de diciembre de 2012

No acalles tu talento

“Sea usted mismo. Es lo más innovador“
Óscar Wilde

     Últimamente me cruzo con muchas personas que me dicen con aires de resignación: “ahora tengo que dedicarme a lo que sea, lo mío queda en segundo plano…”. En esta entrada pretendo reflexionar sobre la importancia del compromiso que cada uno debe guardar con su talento personal, si quiere alcanzar sus objetivos profesionales. Si no hay empresa a la que "engancharse", no te queda otra que, mientras tanto, practicar el engagement ti mismo. 

    «Las personas sentimos pasión por actuar, ampliar nuestras posibilidades de acción, de dominio (de sentirnos dueños) de nosotros mismos, de nuestras facultades, del mundo, de los demás hombres. Desde niños ya tenemos este ímpetu de manera fervorosa. Nuestros primeros pasos están guiados por el ánimo de conquista. Queremos soltar la mano, apropiarnos del espacio físico y del espacio lingüístico, y cada pequeño triunfo va acompañado de una gran euforia». Esto es lo que decía Jose Antonio Marina en un capítulo de La pasión del poder. Esto me parece fundamental, ya que a veces creemos que una energía divina nos ha abandonado, y por eso no llega la oportunidad que buscábamos para desarrollar nuestro talento. Las personas olvidamos que somos seres de acción, que disfrutamos planteándonos metas, agrupándolas en torno a un proyecto; esto es lo que hace que el talento se mantenga vivo y latente en cada uno.

     Solo las personas tenemos esa capacidad de hacer real lo posible. Cuando el hombre siente que su poder aumenta, se alegra, decía Spinoza. ¿Hemos olvidado esto? En continuas ocasiones encuentro personas que han olvidado esto, y no solo esto: han olvidado que estuvieron años formándose, invirtiendo su tiempo para desarrollar unas capacidades, aparcando un coste de oportunidad alto con la esperanza de realizarse en su campo ¿Y vamos a consentir que unas circunstancias nos alejen de ese camino que iniciamos? Muchos expertos defienden que el sentimiento de indefensión, la incapacidad para producir cambios en el entorno, es uno de los principales causantes de la depresión. Ésta se relaciona a los sucesos en los que una persona observa que sus respuesta no reducen la incontrolabilidad de una situación. No solo se ha observado que esto reduce el grado de respuesta de un individuo, sino que además reduce su competitividad. 

   Y ya no solo esto: ¿Qué sucede cuando durante un largo periodo de tiempo no hemos producido ningún cambio en nosotros mismos? He conocido a muchas personas a las que el entorno no les aportaba nada nuevo. En realidad, ya sabemos que el entorno no viene a nosotros, sino que es nuestra curiosidad, atención y esfuerzo por “innovarnos” lo que nos lleva a nuevos escenarios. Las personas nos cansamos de nosotros mismos, de nuestra versión actual, tanto personal como profesional, y muchas veces no hacemos nada al respecto, y este es el problema. Queda claro que las dificultades del entorno muchas veces acompañan a esta tendencia, pero la actitud puede con todo, y esto es una gran verdad. Cuando digo innovarnos, no me estoy refiriendo únicamente a hacer cursos y más cursos sin dirección alguna, sino a realizar una reflexión profunda de hacia donde me dirijo y cómo deseo hacerlo.


   De hecho, las personas que he conocido, y he considerado “grandes” en mi vida (refiriéndome a la grandeza primaria de Covey), se caracterizan por ser personas con una actitud inquebrantable. La aptitud les llegaba a la vez, o después, pero la actitud era siempre la nota diferencial. De ahí la trascendencia innegable de la necesidad de cultivar nuestro talento o despertar uno nuevo. Cuando hablo de talento me refiero tanto al brainpower  o talento natural, como al que se puede construir con el entrenamiento regular. No me refiero tanto a lo que la psicología denomina el self (la idea que una persona tiene de sí misma, su identidad, estatus, personalidad), si no mas a lo que denomina como coping (la idea que tiene una persona de su capacidad de enfrentarse con los problemas). El empoderamiento y la orientación al logro son buenos ingredientes para que éste aflore. 

     Pensemos pues, ¿qué es el talento? Es aquello que hacemos especialmente bien, o de forma excelente. Solemos escuchar expresiones referidas al talento cuando observamos que una persona desempeña una habilidad de manera sobresaliente, llevado a la excelencia o con un rendimiento normal pero habiendo descubierto recientemente su existencia. El talento por lo tanto es “aquello que hacemos especialmente bien”, o como decía un importante emprendedor norteamericano “el talento es haber descubierto para que sirves” (a lo que deberíamos añadir…”haber descubierto para que sirves y, en ocasiones, haberlo entrenado”). 

    De este modo la literatura del talento debate entre los conceptos de talento como algo con lo que se nace, o algo que se puede hacer en las personas. Muchas veces las personas entienden por talento como sólo aquel que llega a niveles de excelencia, y están equivocados, ya que gestionarlo consiste en aprovechar capacidades y desarrollarlas cada uno según sus aspiraciones y deseos. También hay excelencia en saber reservar el talento y cultivarlo, sin resignación, en un contexto en el que las empresas no lo gestionan. ¿Qué opción queda? Del mismo modo, hay excelencia en el desarrollo de una de las dimensiones fundamentales de la inteligencia ejecutiva, el aplazamiento de la recompensa: saber esperar con aceptación una compensación futura por un rendimiento o situación presente. En nuestro caso, la recompensa que nos produce la expresión del talento en una organización, la expresión que conduce a la autorrealización de Maslow.

Veamos las dos dimensiones fundamentales que componen el talento:   

Talento = competencia x compromiso

Talento Personal = competencia personal x compromiso personal + (poder personal)

      He añadido el poder personal a esta formula porque me parece un concepto interesante. Jose Antonio Marina entre las definiciones de poder recoge una personal, como la facultad de hacer y de actuar, como el sistema de las fortalezas personales, sin duda relacionada con el talento. Esta es la figura más originaria del poder, y el origen de las demás: es lo que llama poder personal. Así dice: “es un poder íntimo, fundante, constituyente, que puede fijarse objetivos distintos y proponerse metas diferentes. Puede interesarse solo en su propia obra, la perfección de sus capacidades, la superación personal”. Esto nos viene a decir que tiene “poder” quien puede determinar, dirigir y decidir la acción de otra persona. ¿Qué pasa entonces con nuestro poder sobre nosotros mismos? ¿Quién mejor que nosotros mismos para determinar, dirigir y decidir sobre nuestra acción?

     Como vemos en la fórmula, el talento que aflora en la empresa es el producto de multiplicar, la competencia que tiene la persona, por el nivel de compromiso que guarda con la organización. Apliquémoslo a cada uno de forma particular:


COMPETENCIA PERSONAL

      Es un concepto que se entiende en el seno de la organización, pero si todavía estamos en la búsqueda de un trabajo, lo llamaremos COMPETENCIA PERSONAL, y entenderemos por ella al conjunto de conocimientos, aptitudes y rasgos de la personalidad que vamos a desarrollar de forma proactiva y pensando en una aplicación futura en un determinado puesto. De este modo evolucionará a lo que normalmente denominamos competencia profesional, la puesta en marcha de esa competencia personal. 

      Por un lado, las competencias se refieren a los comportamientos que se llevan a cabo cuando se ponen en práctica los conocimientos, aptitudes y rasgos de personalidad. Siguiendo un ejemplo, si queremos saber que una persona es enérgica, lo que nos interesa saber es si su carácter enérgico es el que necesita la empresa, si encaja con su cultura, su estrategia y sus puestos de trabajo. Esto nos lo demostrarán sus comportamientos. Y aquí es donde el enfoque de competencias puede hacer importantes aportaciones. Por competencia entendemos la capacidad de poner en práctica de forma integrada aquellos conocimientos adquiridos, aptitudes y rasgos de personalidad que permiten resolver situaciones diversas y complejas. El concepto de competencia va más allá del ”saber” y el “saber hacer” ya que incluye el “saber ser” y el “saber estar “. El hecho de ser competente exige más que la simple adquisición de conocimientos y habilidades. Las competencias implican la capacidad de utilizar estos conocimientos y habilidades en contextos y situaciones diferentes.

     Con todo esto, es importante que cada uno enfoque el desarrollo de sus habilidades hacia esta COMPETENCIA que prevé que deberá desarrollar en la empresa. Si por ejemplo una persona tiene conocimiento de que en su perfil profesional le van a exigir un determinado nivel de inglés, con un vocabulario específico, será mucho mejor para su nivel de competencia que desarrolle su estudio aplicándolo en específico a su campo. Si estudia inglés específicamente, aprendiendo así las principales expresiones y vocabulario que se utiliza, está mejorando así su nivel de competencia: sabe más inglés, pero lo importante es que puede aplicarlo en su puesto. No solo conoce el inglés, sino que lo puede poner en práctica de forma competente y adaptada.

     Si todavía no se ha encontrado el puesto de trabajo, apuesta duro por tus capacidades, y mejóralas, ya que en un futuro producirán una competencia mayor en el puesto que vayas a ocupar. Si no se puede poner en práctica toda la capacidad, desarrolla tu “saber”, “saber hacer”, “saber ser” y “saber estar” pensando en tu futuro puesto, de forma proactiva. De esta manera cuando llegue tu oportunidad, esta COMPETENCIA PERSONAL, pasará a ser una competencia en el seno de una organización. La competencia no empieza en la empresa.


COMPROMISO PERSONAL


      El compromiso por su parte, que es el factor multiplicador de las consecuciones, es el grado de voluntad que está dispuesto a poner en la tarea el trabajador. Como lo definía Jose Manuel Casado, «es ese misterioso elemento que puede transformar la acción normativa de las personas en acción intencionada y multiplicadora de resultados». Su versión mas evolucionada es el engagement, donde el trabajador está "enganchado" a la organización y de ahí que aflore entre ambos un trabajo orientado al desarrollo. La pregunta llega ahora, ¿estás "enganchado" contigo mismo? No es ni mucho una cuestión de narcisismo, sino de autoconocimiento y valoración personal, de confianza en las propias capacidades para buscar todo aquello que uno se propone.

    Si pienso en compromiso personal, con uno mismo, siempre me viene a la cabeza Nelson Mandela. Mandela aguardó un cuarto de siglo (casi 27 años) esperando a cumplir su objetivo, acabar con el apartheid en la República de Sudáfrica. No sé cuanto se puede tardar en pronunciar dos palabras como “25 años”, pero lo que no imagino es el proceso por el que atravesaría este líder mundial. No solo trabajó sus capacidades estando en prisión, porque confiaba en su COMPETENCIA PERSONAL, que luego pondría en práctica como presidente, sino que estableció un fuerte compromiso consigo mismo de que guardaría estas capacidades y las desarrollaría para alcanzar sus futuras metas. Dominó el idioma de quienes quería persuadir (sus carceleros), estudió sus aficiones para acercarse a ellos, corrió todos los días en una celda de 2 metros para estar en buena forma a su salida, aun a sabiendas de que quedaba mucho tiempo para que esto sucediera. 


    Con todo esto, no olvides que todo este camino ha de ir guiado por un OBJETIVO, con un SENTIDO que lo guíe y lo conduzca en una dirección valiosa para ti mismo. No podemos buscar algo que no está planteado. Traigo esta historia para reflexionar sobre la importancia del mismo:


Sucedió en el tiempo de las catedrales. Un vecino visitaba una de ellas en construcción y llegó al tajo donde trabajaban los canteros, esculpiendo unas piedras. Se acerco a uno de ellos y preguntó: <<¿Y usted qué está haciendo?>> <<¡Sudando con esta maldita piedra que Dios confunda! ¡Qué asco de trabajo! ¡A ver cuándo suena la campana y nos vamos!>>. El paseante se acercó al tercero. <<¿Y usted qué está haciendo?>> <<Lo que me han mandado. Un cubo de piedra para un muro>>. Por fin se acercó al tercero. <<¿Y usted qué está haciendo?>> El cantero respondió con entusiasmo: <<¡Estoy construyendo una catedral!>> Su trabajo era minúsculo, nunca vería terminada la catedral, pero sentía que estaba colaborando a un bello proyecto que le dignificaba. (Marina, J.A. La pasión por el poder)

Y tu, ¿qué tipo de cantero eres?
                         Lo que desees lograr de aquí a unos años, empiezalo mañana.



Publicar un comentario