sábado, 20 de julio de 2013

¿Profesionalizar humanos y humanizar profesionales? Técnica e integridad

¿Hacia que escenarios debe dirigirse principalmente la formación de nuestros profesionales?

 ¿Estamos llegando a una situación en la que es necesaria una reformulación de los pilares sobre los que diseñamos nuestras políticas de educación y formación?

      El otro día me llamó la atención una noticia que RRHHdigital publicaba bajo el título "La escuela europea de Coaching descubre el poder de usar el perdón". Cuando pensamos en las competencias que un profesional ha de adquirir para desarrollar sus funciones de manera competente no solemos pararnos a reflexionar sobre temas como estos. Si bien es cierto que el impacto de la psicología positiva, y conceptos como la inteligencia emocional, han ampliado las dimensiones a tener en cuenta a la hora de valorar la competencia de un profesional. Quien podría decir hace unas décadas que veríamos artículos relacionados con virtudes como la templanza u otras. Yo escribo esta entrada para reflexionar sobre una que me parece francamente necesaria, y que se relaciona estrechamente con conceptos que barajamos día a día en el seno de cualquier organización: la integridad. Pretendo reflexionar sobre la importancia que tiene esta cualidad a la hora de formar personas y profesionales afines a unos valores y principios muy concretos, que sujeten sus aptitudes, actitudes y conocimientos futuros.  Si las personas actuamos en base a lo que hemos llamado "principios", es porque éstos son el origen de todo, de ahí lo de principio. 

La integridad supone que la mente diga "sí", y el corazón y la mano digan "sí"; supone que la mente diga "no", y el corazón y la mano digan "no". Cuando una persona íntegra dice "sí", es un "sí", cuando dice un "no", es un "no".

España ocupa el puesto número 39 en el ranking mundial de innovación recogido en el Informe Global de Competitividad 2011-2012 elaborado por el Foro Económico Mundial de Davos. Esto da que hablar, puesto que si los esfuerzos constantes por las diferentes reformas en la educación han ido orientados a crear masas de profesionales altamente cualificadas y competitivas, algo ha debido fallar en su trasvase a la red empresarial española. Además de esto, tenemos una tasa de sobrecualificación muy elevada, y constantemente salen a la luz porcentajes escandalosos de los estudiantes de nivel superior que se encuentran en situación de desempleo por falta de demanda de trabajo por parte de las empresas. Es decir, un esfuerzo constante y enfocado casi exclusivamente hacia la técnica no ha resultado. Ahora bien, si nos encontramos en la situación que nos encontramos es porque las generaciones que nos han precedido no han sabido constituir un sistema más justo, sostenible y humano, acorde a las necesidades de su sociedad. La crisis ha puesto al descubierto que instituciones que a priori parecían "competentes", han resultado ser círculos profesionales politizados y con una amplia carencia de sentido e integridad moral. Como hace poco decía José Aguilar, "Lo bueno de las crisis es que muestran las verdaderas intenciones de las personas, de las organizaciones y de las sociedades, porque en época de crisis no cabe esconderse detrás de las palabras". La Integridad es una cualidad que siempre se pone a prueba en las situaciones difíciles y que requieren de una toma de decisión de trascendencia. 

     ¿Qué ha faltado entonces aquí?   ¿Hemos enfocado la formación y educación de las últimas generaciones en exclusiva al rendimiento, al éxito, a la eficiencia y al consumo? Me parece que hemos olvidado algún que otro ingrediente, que si no acompaña a la técnica, produce profesionales competentes y flexibles, pero éticamente poco responsables en muchos casos. Y ya no es tanto cuestión de falta de ética, sino de constancia y determinación, en sujeción a unos principios muy concretos, a unos valores universales y aplicables a cualquier organización.