viernes, 1 de noviembre de 2013

Costos del comportamiento automatico

AUTOMATISMOS: PARTE III
    
     Como solía decirme mi madre: ¡Si es que no piensas hijo, y así te va!  

    En las dos entradas anteriores hablamos sobre el automatismo, y cuales son algunos de los factores que lo suelen producir en nuestra vida privada y profesional. Ahora vamos a desarrollar cuales suelen ser los costes que pagamos por comportarnos de esta manera. En la próxima entrada os daré recomendaciones de algunos expertos y venidas de mi experiencia para evitarlos en el día a día. Estos son los costos mas importantes cuando nos estamos comportando de forma automática: 

a. Autoimagen limitada

Es el concepto que tenemos de nosotros mismos, limitado por nuestra propia percepción. Comportarnos de manera automática supone reflexionar menos y estar menos atento a nuestra forma de percibir, sentir, pensar y actuar. Esto hace que muchas veces nos veamos con muchas dificultades para salir de procesos de decepción, fracaso y estrés. Todo esto limita la imagen que tenemos de nosotros, y hace que uno mismo atribuya a factores internos y estables en el tiempo el resultado no esperado. 

   La orientación a resultados, que era uno de los factores que vimos en la entrada anterior, está implicada en este costo, ya que le damos tanta trascendencia al resultado, que si no conseguimos que los otros, o el resultado esperado vemos nuestra persona con limitaciones. 


No prestamos atención al proceso, y el foco para atribuir o relacionar comportamientos y resultados no se enfoca en el cómo...sino en el éxito o fracaso. Si intentamos hacer una dieta y no lo conseguimos, todo lo que intentemos hacer que sea similar en el futuro estará condicionado por esa tendencia, porque creeremos que esa falta de capacidad para cumplir ciertos retos  es un rasgo permanente de nuestra personalidad. 

    Una autoimagen funciona como una etiqueta puesta a nosotros mismos. Una persona competente puede mermarse a sí misma con una etiqueta aceptada sin reflexionar. Langer lo llama “Dependencia autoinducida”. El siguiente experimento puede ilustraros sobre esta idea: 


Cogieron personas de un aeropuerto, suponiendo que aquellas que viajaban en avión eran personas seguras de sí mismas e independientes. Si ellos se autoinducían, más personas podrían caer también en este costo del comportamiento automático. Para evaluarlas  se les entregó una serie de problemas de aritmética fáciles de solucionar. Tras la realización de estas pruebas, los participantes debían llevar a cabo una dinámica de grupo con roles de “jefe/as” y “subordinados/as”. Lo sorprendente fue que al volver a realizar los test de aritmética, los que habían sido subordinados sacaron el 50% de lo que habían hecho antes. Aunque comenzaron con la misma competencia, las etiquetas que habían asumido (durante un tiempo de exposición) perjudicaron sus resultados. 

     Estos fueron los efectos del experimento, y las personas habían adquirido una etiqueta temporal que había mermado su rendimiento. Si se sucedió este fenómeno en una prueba de
investigación en un espacio corto de tiempo, ¿Qué sucederá en aquellas organizaciones en las que los trabajadores lleven cargando mucho tiempo con una etiqueta impuesta?

b. Pérdida de control
 
   Limita nuestro control al impedirnos tomar decisiones inteligentes, pues estamos conducidos por rutinas y recorridos preprogramados. Atribuimos todos nuestros problemas a una sola causa, y esto reduce la gama de soluciones que podríamos encontrar a un mismo problema. La falta de atención en el comportamiento propio dificulta el control o la intención que dirige nuestras conductas, y de ahí que suelan surgir tendencias en los individuos a tener un locus de control externo elevado. Esto supone que si una persona siempre se comporta de manera similar, ciertamente automática, y se enfrenta a situaciones diferentes que no puede solucionar, probablemente busque la justificación fuera de sí misma, y de este modo piense que la "suerte" o la "providencia" no ha estado de su lado. 

c. Impotencia aprendida

     Se deriva de esta falta de control y de esta imagen limitada. Se produce una pérdida de opciones y de control mucho más perniciosa por la reiteración del fracaso. Si nuestros esfuerzos son inútiles, abandonamos cuando se vuelva a presentar una situación similar. Mas adelante dedicaré una entrada a la indefensión, un proceso muy relacionado. Seligman defendía que la impotencia se generaliza aplicándose a situaciones en las que la persona puede, en realidad, ejercer control. Permanecemos en estado de pasividad ante situaciones fáciles de encarar, porque hemos "aprendido" a que el origen de nuestros resultados no son nuestros comportamientos, o hemos atribuido una falta de capacidad de respuesta a nuestras conductas. La impotencia aprendida, entendiéndola como la indefensión aprendida se ha demostró en perros, ratas, otros animales y en humanos. Por ejemplo, en uno de ellos se ponía en agua fría a una serie de ratas, que eran capaces de nadar hasta 40 horas. Ahora bien, se observó que si en lugar de dejarlas directamente en el agua, se las retenía hasta que dejasen de esforzarse, sucedía algo muy diferente. En lugar de nadar, las ratas abandonaban su empeño y por consecuencia, se ahogaban. 


Sigue observando la forma en que te comportas en el trabajo, observa el entorno en el que lo haces, que también te puede influir, y piensa en situaciones en las que podrías haberte comportado con mucha más eficacia, pero te dejaste llevar por "lo que siempre haces" o simplemente no actuaste porque pensaste previamente que "no serías capaz". En la próxima entrada hablaremos de la atención plena y otras herramientas para ayudar a mermar las consecuencias de los automatismos y las atribuciones. 
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